3/02/2005

Que trata de la condición y el ejercicio de nuestro desconocido geómetra errante.


En un lugar sumamente lejos de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, en este instante vive y colea un joven geómetra, de los de compás en mano, mirada hiperbólica, entendimiento cartesiano y quijada angular. Emparedados de falafel a la hora del almuerzo, ensaladas de espinaca y aguacate por la noche, lentejas los viernes, algún plato exótico por añadidura los sábados, y desayunos pantagruélicos los domingos, consumen una minúscula parte de su atareado horario, y le confieren energía suficiente para los menesteres cotidianos. El resto de su día consiste en el ejercicio de la geometría en espacios con infinitas dimensiones, tarea que demanda no poca agudeza y persistencia, pero que, como la caballería errante y otras profesiones no menos distinguidas, suele acelerar el deterioro del buen juicio. Es así que nuestro geómetra errante discurre sus días combatiendo la rotundidad de estructuras monstruosas que, como los gigantes conjurados por los envidiosos encantadores Cide Hamete Benengeli y Miguel de Cervantes y Saavedra, acechan por doquier y sin piedad.

1 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Me atrevo a sugerir tímidamente cómo lecutra peripatética, a marguerite Yourcenar el Diario da Adriano. y el Fausto ya que este libro dicen que hay que leerlo al principio de la madurez, y luego al principio de la vejéz.

2:01 p.m.  

Publicar un comentario

<< Home